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¿Qué ocurrirá el día después a la cura de la diabetes? Descubre la historia del científico

-¡Por fin! ¡Siiiiiii! Lo he conseguido jajajaja, la cura, ¡ha dado positiva la prueba! Buas, tantos años de lucha, de sacrificio, horas de estudio por el día y por la noche. Tener que aguantar los reproches de mis compañeros de instituto y universidad por esforzarme y trabajar más que ellos. Ahora por fin, ha merecido la pena aguantar todo eso. Me quedan unos cuantos ajustes más y este tratamiento curará a las personas con diabetes.

Fui a contarle al jefe de mi departamento que la prueba había dado positiva, después de 10 años de dura investigación, a mis 35 años había cambiado el mundo. Entré eufórico al despacho del jefe y le di un abrazo, e incluso le besé con pasión su calva. Le dije que la prueba había dado positiva. Él no se emocionó demasiado, aspecto que me chocó bastante, porque iba a ser el notición del año e incluso el del siglo, yo ya me imaginaba recogiendo mi premio nobel y dando mi discurso, diciendo que merece la pena ser científico. En mi ensoñación, mi jefe me dijo que tenía que hacer unas llamadas, y que esperase afuera.

Le iba a reprochar su actitud, pero me cerró la puerta de su despacho en mis narices. Me quedé alucinado, pero qué más me daba, se habría picado porque yo fui el que descubrió la cura, con mis ideas vanguardistas y no con las suyas, que fracasaron estrepitosamente. A los 20 minutos de espera, salió mi jefe y me dijo que pasara adentro. Entré de nuevo eufórico. Siéntate me ordenó mi jefe. ¿Qué ocurre? Le comenté con una cara ya más de preocupación que de alegría.
-Mira no sé cómo decírtelo, sabes que a tu investigación le quedan algunos pasos más para poderlo probar en seres humanos, y la verdad que los datos son muy prometedores, pero el departamento está en quiebra.
-¿Qué, cómo dices? ¿Qué significa eso? ¿Qué no vais a pagar mi estudio en seres humanos?
-Lo siento mucho.
-¿Pero cómo cojones a ocurrido esto? Mi investigación merece mucho la pena y sabes que será muy rentable, no me jodas que prefieres pagar lo estudios de Frank antes que los míos. Si no hay dinero para mí, tampoco para los demás subnormales que hay en este sitio.
-Cálmate.
-¿Sólo puedes decir eso? ¿Es lo único que se te ocurre?
-He llamado a mi amigo de la farmacéutica y me han comentado que ellos financiarán el ensayo con humanos, pero a cambio le tenemos que dar todos los derechos de la investigación.
-¿Y por qué cojones no me has preguntado mi opinión? ¿Cómo quieren pagar los gastos del ensayo con humanos? Si no saben los datos de mi investigación, dime que no se los has mandado.
-Lo siento, Tomás, he hecho lo correcto, te lo recompensaré.
-¿Qué me lo recompensarás? ¿Cómo? Eres un puto vendido.

Me fui de su despacho dando un portazo, porque me di cuenta que mi investigación estaba en peligro y fui corriendo hacia mi laboratorio para recuperar todo. Pero fue ya tarde, había un montón de personas llevándose mis ensayos, experimentos y documentos. Intenté pararles pero uno me golpeó en la cabeza y perdí el conocimiento.

Desperté en la cama de mi casa y me levanté sobresaltado. El corazón me latía a mil por hora, tal vez todo había sido una pesadilla. Encendí mi ordenador y me metí en google para poner: “cura de diabetes” y efectivamente había un sinfín de noticias de hace pocos minutos. ¡Había pasado de verdad! Me horroricé al ver una imagen de un grupo de investigación que se atribuía el mérito del descubrimiento y no era de nuestro departamento. Me puse a llorar, ¿por qué me han jodido la vida? Pegué un golpe fuertísimo a la mesa de mi salón y empecé a sangrar, pero apenas me dolía ya que el dolor que sentía mi alma en ese momento era más fuerte que cualquier dolor físico. ¿Qué iba a hacer yo ahora? Daba vueltas por toda mi casa intentando poner en orden mis ideas, entonces en ese momento me llamaron a casa. Era el jefe de mi banco, diciendo que me habían ingresado 25 millones de dólares en mi cuenta y que tenía que ir a firmar unos cuantos documentos. Por lo visto ese era el precio que pensaban que valía mis esfuerzos de una vida entera, pero eso para mí no pagaba ni siquiera una de tantas ilusiones que se llevaron por delante. 

Pasaron los años desde ese fatídico día, deambulaba por las calles de mi ciudad como si fuese un vagabundo, el vagabundo más rico del mundo. Pero no importaba la riqueza material que poseyera, sino que nadie en el mundo supiera que yo fui el creador de esa cura. Veía por las noticias las largas colas interminables que se formaban en los centros especializados en la aplicación de mi cura. Con ropas andrajosas me sentaba en las cafeterías y me reía de esas imágenes en las que aparecía el supuesto descubridor de la cura, dando entrevistas y consejos a todo el mundo, y lo peor de todo; recogiendo mi premio nobel. Me ría siempre a viva voz, y siempre me venía el camarero y me decía: “Señor, debo pedirle que se marche, está asustando a la clientela”. Y yo le decía sonriente: “Yo fui el que descubrió la cura”. Y el camarero insistía en que llamaría a seguridad si no me iba. Todo el mundo me trataba como si fuese un lastre para la sociedad

Pero una vez, cambié y me di cuenta de que mi orgullo no conocía límites. Estaba comiendo un bocadillo en un bar y oí a dos mujeres que conversaban entre sí. Me emocioné al escucharlas, ya que ellas dos tuvieron diabetes. Y mi orgullo me mató, yo solo pensé en mí y en la fortuna que amasaría si hubiera descubierto la cura, pero ya tengo 25 millones de dólares y ni siquiera me importan. Yo contribuí a esa cura, pero otros también lo hicieron antes que yo, y ellos ni siquiera tendrán mi dinero y seguramente se merezcan mucho más de lo que yo tengo. Ver la sonrisa en aquellas mujeres no tuvo precio y es por eso que me levanté y quise seguir aportando a la sociedad mi granito de arena, ya que juntos hacemos una playa que puede llegar al horizonte, donde se encuentran nuestros anhelos, nuestros sueños y nuestro futuro como sociedad.

Esta reflexión va destinada a todas aquellas personas que jamás serán galardonadas ni mencionadas por su contribución al mundo, pero que con su esfuerzo muchas generaciones posteriores se han podido beneficiar, al igual que nosotros nos beneficiamos de la contribución que hicieron nuestros antepasados por la diabetes. Desde el descubridor de la insulina, hasta el que reparte la insulina en los pueblos. Desde los jefes de las unidades de endocrinología hasta el equipo de enfermería que nos atiende. Todos han sido útiles para tener una vida que merece la pena ser vivida.
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Adrián Idoate Bayón es bioquímico por la Universidad de Navarra. Ha realizado varios trabajos de investigación en el tema de la diabetes, transportadores de glucosa y obesidad, presentándolos en congresos internacionales y en artículos de revistas científicas. Tiene publicado el libro: “¿Alumno con diabetes? El manual para profesores”. Además, se dedica al mundo de la divulgación de la diabetes, siendo el fundador de la plataforma Diabetes AIB. Este artículo ha sido redactado con fecha de: 24 de Noviembre de 2019 a las 09:31. Correo de contacto: info@diabetesaib.com


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